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Cuatrocientas hectáreas entre Alboraia y Puçol: ahí cabe toda la horchata que merece la pena
En diciembre, en una cambra de Alboraia, hay un suelo entero cubierto de chufas. No en sacos: extendidas, como si alguien hubiera volcado un camión de canicas marrones sobre las baldosas. Cada mañana, durante casi tres meses, alguien sube y las remueve con un rastrillo de madera para que se sequen despacio y por igual. Si se secan deprisa, se agrietan y amargan. Si se apelmazan, se enmohecen. Tres meses de subir a un desván a mover un tubérculo con un palo, para que en julio alguien se tome un vaso frío en una terraza y diga «qué buena».
Ese desván está a diez minutos en bici del centro de Valencia. Y ahí está el chiste triste de todo esto.
La denominación de origen más pequeña que has visto
La Denominación de Origen Chufa de Valencia, con consejo regulador desde mediados de los noventa, ampara el cultivo en un puñado de municipios de l’Horta Nord: Alboraia, Almàssera, Meliana, Foios, Bonrepòs i Mirambell, Albalat dels Sorells, Vinalesa, Tavernes Blanques, Albuixech, Museros, Puçol y algunos más. Dieciséis pueblos, pegados unos a otros, en una franja de tierra arenosa que va desde el mar hacia dentro y que se recorre entera en un rato de coche.
La superficie plantada ronda las cuatrocientas y pico hectáreas, según los datos que publica el propio consejo. Cuatrocientas hectáreas son cuatro kilómetros cuadrados. Es decir: todo el cultivo protegido de chufa de este país cabría, si lo juntaras, en un cuadrado de dos kilómetros de lado. De ahí salen unos pocos millones de kilos de chufa seca al año, y de ahí sale la horchata que la gente tiene en la cabeza cuando piensa en horchata.
El problema no es el clima ni la plaga. Es que esa arena está entre una ciudad de ochocientos mil habitantes, su puerto, su aeropuerto, sus polígonos y sus urbanizaciones. La huerta de Valencia lleva décadas perdiendo terreno a mordiscos; la Ley de la Huerta de 2018 nació precisamente para frenar eso, y llegó cuando ya se habían comido bastante. Un campo de chufa vale mucho dinero como suelo y poco como campo de chufa. Cada vez que un hijo no quiere seguir, la cuenta sale sola.
Por qué el brik del súper sabe a otra cosa
La chufa se cultiva en medio mundo. Níger es el gran productor y exportador mundial, con Burkina Faso, Ghana y Malí detrás, y allí la tierra, el agua y el jornal no cuestan lo que cuestan en Almàssera. La chufa africana llega a Europa a un precio con el que la valenciana no puede competir, y por eso llena buena parte de la horchata industrial, la de las bebidas vegetales y la de la chufa a granel de las tiendas de frutos secos.
No es una estafa: es chufa. Pero es otra chufa. La africana suele venir más grande, más irregular, más fibrosa y menos dulce; la de l’Horta Nord es pequeña, redondeada, muy pareja de tamaño y con más azúcar propio. Eso se traduce en el vaso de una manera bastante bruta:
- Cuerpo. La valenciana da una horchata más densa, que deja poso si la dejas quieta y hay que remover. La otra tiende a quedar más aguada, y la industria lo compensa con espesantes.
- Dulzor. Cuanto menos dulce es el tubérculo, más azúcar hay que echarle por fuera. Un brik muy dulce y plano suele contar su propia historia.
- Final. La buena deja un fondo lácteo y algo tostado. La floja se va a la nada en dos segundos, o deja un punto seco de fibra en la lengua.
Ojo con un detalle que despista a todo el mundo: la denominación de origen ampara la chufa, no la horchata. Que un envase diga «horchata» y hasta que diga «valenciana» no garantiza que dentro haya chufa de esos dieciséis pueblos. Lo que hay que buscar es la mención expresa a la chufa de Valencia con su sello, que es cosa del consejo regulador y no del departamento de diseño de la marca.
El etiquetado, en cuatro casillas
La horchata española tiene su propia reglamentación técnico-sanitaria desde los años ochenta, y esa norma es la que decide qué se puede llamar horchata, cuánta chufa lleva como mínimo y hasta dónde llega el azúcar añadido. Para el que está delante de la nevera, lo que importa es esto:
| Cómo se llama | Qué le han hecho | Dónde vive | Cuánto aguanta |
|---|---|---|---|
| Natural o fresca | Nada: chufa remojada, molida y prensada | Frigorífico, sin discusión | Un día o dos |
| Pasteurizada | Calor suave | Frigorífico | Semanas |
| Esterilizada o UHT | Golpe de calor fuerte | Despensa hasta abrirla | Meses |
| Concentrada o en polvo | Le quitan el agua | Despensa | Casi eterna |
Que la natural caduque en dos días no es un defecto de fabricación: es lo que pasa cuando exprimes un tubérculo con grasa y almidón y no lo cocinas. Ese líquido está vivo, fermenta y se corta. Todo lo que hace que una horchata dure seis meses en un estante a temperatura ambiente es, exactamente, lo que le quita el sabor a horchata recién hecha. Por eso los horchateros de toda la vida sacan la del día y se acabó, y por eso la de brik es un producto distinto que resulta que comparte nombre.
Cómo pedirla sin quedar mal
En una horchatería de verdad, la pregunta útil no es «¿es natural?» —te van a decir que sí— sino «¿de cuándo es?». Si la respuesta es «de esta mañana», ya está. Mira el vaso: la horchata buena no es blanca de pared, tira a marfil sucio, con un punto beis. Si viene inmóvil y perfectamente homogénea después de diez minutos en la mesa, sospecha. Y si te la dan helada del todo, déjala un minuto, porque el frío extremo tapa el dulzor natural y también los defectos.
Los fartons, para mojar, se inventaron precisamente para eso: pan alargado y esponjoso que absorbe sin deshacerse. Es el único caso de bollería diseñada como herramienta de ingeniería.
La próxima vez que te tomes una en Alboraia, piensa que el campo de donde salió está a un paseo de donde estás sentado, que alguien pasó tres meses del invierno subiendo a un desván a mover chufas con un rastrillo, y que ese paisaje entero cabe en cuatro kilómetros cuadrados rodeados de rotondas. Se bebe distinto.

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