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Una Plaza Mayor con soportales… a cincuenta años luz de la Tierra
Si te dicen que dentro de mil quinientos años, en un planeta a cincuenta años luz, va a quedar algo nuestro, ¿qué te imaginas? ¿La tecnología? ¿Las banderas? Pues no. Según una novela que nos ha encantado, lo que aguanta es lo de siempre: el idioma y la plaza del pueblo.

La plaza como patria portátil
Hay pocas cosas más españolas que una Plaza Mayor con soportales. El sitio donde te resguardas del sol y de la lluvia, donde quedas, donde pasa la vida del pueblo. Pues bien: la novela imagina a unos colonos humanos que, al llegar a otro mundo, levantan exactamente eso. Una plaza de soportales para reunirse al caer la tarde, bajo dos lunas en lugar de una.
No lo hacen por nostalgia de guía turística. Lo hacen porque es lo que sabe hacer un pueblo cuando quiere sentirse pueblo. Llévate a un español a la otra punta de la galaxia y, en cuanto pueda, te monta una plaza y un sitio donde tomar algo.
Un español con mil quinientos años de solera
Lo otro que sobrevive es la lengua. En ese planeta se habla español, pero un español que ha derivado mil quinientos años, igual que el latín se nos fue volviendo castellano, gallego o catalán sin que nadie lo decidiera en una reunión. Palabras que reconoces a medias. Giros que suenan a romance antiguo y a futuro a la vez.
A quien le guste el idioma, esto es una gozada. Es nuestro hispanismo de toda la vida, pero mirando hacia delante en lugar de hacia el agravio: el «plus ultra» entendido como lo que de verdad fue, ganas de ir más allá.
De qué estamos hablando
La novela es El último ultramar, de Helena Wagner, ciencia ficción escrita directamente en español (nada de traducciones). Un protagonista que despierta tras siglos de viaje, un pueblo que ya estaba allí y una voz que lo gobierna todo. Pero por debajo de la aventura late algo muy de aquí: la idea de que, pase lo que pase y se vaya uno donde se vaya, lo último que se pierde es la forma de hablar y las ganas de juntarse en la plaza.
Que se lo digan a cualquier español que viva fuera: lo primero que monta es un grupo para comer paella el domingo. Pues esto es lo mismo, pero a cincuenta años luz.
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