El futuro también se escribe en español
El futuro también se escribe en español

Solemos pensar en el español como una lengua con mucho pasado. Y lo tiene, claro: cancioneros medievales, crónicas de Indias, el Quijote, boleros, coplas, el habla que se cocina cada día en una cocina de Oaxaca o en un mercado de Sevilla. Es una lengua que huele a guiso, a sobremesa larga, a abuela contando historias. Pero hay una cara del español de la que hablamos menos, y es una de las más bonitas: la del futuro. Porque nuestra lengua no solo recuerda. También imagina.

Una vela de carabela que se funde con el casco de una nave estelar entre estrellas doradas

Una lengua que siempre miró hacia adelante

Conviene recordar algo. El español fue, durante siglos, la lengua de quienes se atrevían a cruzar lo que nadie había cruzado. Aquel lema, Plus Ultra, «más allá», no era una frase decorativa: era una manera de estar en el mundo. Donde otros ponían el non plus ultra —»hasta aquí y ni un paso más»—, el mundo hispano borró el non y siguió navegando. Esa vocación de horizonte quedó grabada en la lengua, y no se ha ido a ninguna parte.

Por eso no debería sorprendernos que hoy haya quien imagine el porvenir en español. Naves que parten hacia otros mundos con nombres que suenan a nuestra tierra. Colonias donde, dentro de trescientos años, alguien siga diciendo buenos días y gracias con el mismo acento cálido de siempre. Siglos venideros narrados no en la lengua de otros, sino en la nuestra. La ciencia ficción, ese género que tantas veces asociamos a otras culturas, también cabe —y muy holgadamente— en español.

Del galeón a la nave

Hay una continuidad preciosa entre el marinero que soltaba amarras sin saber qué había al otro lado del océano y el personaje de una novela que hoy imaginamos abrochándose el casco antes de partir hacia las estrellas. Cambia el vehículo; no cambia el gesto. Es el mismo impulso de asomarse al borde de lo conocido y dar un paso más.

Me viene a la cabeza, precisamente, un relato reciente de la escritora Helena Wagner que imagina un futuro hispano en el espacio, con esa mezcla tan nuestra de ternura y valentía. No es un texto grandilocuente ni pretende dar lecciones: es, sencillamente, una historia bien contada donde el español viaja lejísimos y sigue sonando a casa. Da gusto comprobar que la lengua aguanta el salto al futuro sin perder su calidez.

Lo que compartimos, de España a América

Y aquí aparece algo que a menudo pasamos por alto. Cuando imaginamos ese futuro en español, no imaginamos el futuro de un país, sino el de una comunidad enorme repartida por medio planeta. Casi seiscientos millones de personas comparten esta lengua. Un chiste que nace en Buenos Aires se entiende en Madrid; una canción de Ciudad de México se corea en Bogotá y en Tenerife. Hay una intimidad rara y bonita en poder cruzar un océano y seguir entendiéndote con la persona de al lado.

Esa comunidad no es una abstracción. Es la vecina peruana que te explica cómo se prepara un buen ceviche, el amigo colombiano que te descubre una palabra que no conocías, la película argentina que ves un domingo por la tarde. Es cultura compartida, viva, que se cocina entre todos. Y si esa red funciona tan bien en el presente, no cuesta nada imaginar que siga funcionando dentro de mucho tiempo, en lugares que aún no hemos pisado.

Un «qué habría pasado si…» que da curiosidad

A veces uno juega a imaginar. ¿Qué habríamos construido si toda esa energía compartida no se hubiera dispersado tanto por el camino? No como reproche ni como bandera política —líbrenos el cielo de sermones—, sino como esa curiosidad tierna con la que uno mira una vieja fotografía familiar y piensa «cuánta gente, cuánto por hacer». Es un juego, nada más. Pero es un juego fértil, de los que encienden la imaginación de un escritor y le hacen preguntarse cómo sería el mañana si lo contáramos entre todos, en la lengua que ya nos une.

Quizá esa sea la mejor noticia. Que el español no es una lengua que se esté apagando ni una reliquia que haya que proteger tras un cristal. Es una lengua que sigue cruzando fronteras, que se reinventa en cada generación y que ya está poniendo palabras a mundos que todavía no existen.

Lo mejor está por escribirse

Así que la próxima vez que alguien hable del español como cosa del pasado, sonríe. El pasado lo tenemos, y es glorioso. El presente lo vivimos cada día, en la mesa y en la calle. Pero el futuro también nos pertenece, y hay quien ya lo está escribiendo con nuestras palabras. Naves, colonias, siglos por venir. El futuro también se escribe en español. Y, si me permiten el atrevimiento, sospecho que lo mejor de esta lengua todavía está por contar.

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